Opinión |21 Feb 2012 - 10:28 am
La saga implacable de los Balcanes
Por: Eduardo Barajas Sandoval
El rechazo de miembros de la minoría serbia a las instituciones de la autoproclamada República de Kosovo introduce no solo un elemento de alteración del precario orden surgido de la guerra de 1999, sino que afecta las opciones de entrada de Serbia a la Unión Europea; por lo demás, es apenas una manifestación renovada del drama eterno de una región del mundo que pareciera tener por destino cambiar a toda hora y no poderse acomodar a ningún arreglo duradero.
Los habitantes serbios del norte de la región de Kosovo, que a lo largo de la existencia de Yugoslavia funcionó bajo la forma de Provincia Autónoma, fueron llamados a un curioso referendo para que respondieran si aceptan las instituciones de la nueva República de Kosovo, nombre que adoptaron en 2008 los miembros de la mayoría albanesa que decidieron ir más allá del mandato de Naciones Unidas que puso fin a la guerra de 1999 pero les dejó en el limbo, en cuanto no se atrevió a separarlos completamente de Serbia y trató de garantizarles suficiente autonomía como para que no dependieran integralmente de Belgrado.
A mitad de camino entre la pertenencia formal a Serbia y una independencia sostenida en la fuerza de la Misión de Administración Provisional de las Naciones Unidas en Kosovo, dispuesta por la Resolución 1244 del Consejo de Seguridad en junio de 1999, los habitantes de la región quedaron viviendo en paz, pero sin haber solucionado su eterno problema de convivencia entre una mayoría abrumadora de albaneses y una minoría de serbios, en ese territorio que éstos últimos consideran el lugar sagrado de su primera aparición en la historia.
La mayoría albanesa decidió hace cuatro años dar el paso de constitución de una República del Kosovo no prevista por las Naciones Unidas ni por acuerdo internacional alguno. Y tuvo hasta ahora relativo éxito en cuanto ha sido reconocida por los Estados Unidos y buena parte de los miembros de la Unión Europea. En contra se han manifestado, como era de esperarse, Rusia, como amiga protectora histórica de los serbios, Grecia por razones similares de convergencia cultural y religiosa, España, India, China y países de América Latina, por motivos de la inconveniencia del reconocimiento de actos que se salen de la institucionalidad internacional.
Los serbios del norte de Kosovo no pasan de cuarenta mil, organizados en la Asamblea Comunitaria de Kosovo y Metohija, pero su decisión de no reconocer las instituciones de la incipiente República tiene consecuencias importantes en cuanto pone a Serbia en el trance de manifestarse sobre el tema, con el riesgo de ubicarse por fuera de los mandatos de Naciones Unidas, lo que puede acarrear la aparición de manchas en sus credenciales para ser considerada como candidata a ingresar más tarde a la Unión Europea. Así, Boris Tadic, el Presidente serbio, ha tenido que salir a decir en público, no se sabe si a su pesar, que el referendo es inconstitucional y es un gesto que conducirá a la profundización de la crisis en la región.
La posición de los albaneses, como es natural, manifiesta su repulsa a la realización misma del referendo. Y no hay que olvidar que en favor suyo juegan dos factores importantes, uno de hecho y otro de derecho. En el primer caso simplemente son mayoría y están ahí en proporción de más del noventa por ciento, con lo que animan una realidad incontestable. En el segundo, la Corte Internacional de Justicia dijo que la declaración de independencia unilateral de Kosovo no viola del Derecho Internacional en cuanto éste no contempla prohibiciones sobre declaraciones de independencia. Típico de la Corte en su precisión jurídica pero, como es inevitable, poco útil al arreglo del problema, porque Serbia no aceptará jamás formalmente la existencia misma de la pequeña República que cubre el territorio de lo que fue su provincia.
Otra vez estamos ante una nueva situación aparentemente insoluble en el escenario de los Balcanes, lo que suscita jugadas políticas audaces, muestras de pragmatismo, obligaciones de resignación y también refinamiento institucional por parte de potencias significativas y de organismos internacionales que siguen encontrando en la región, como es costumbre, obstáculos casi invencibles para conseguir modos de convivencia aceptados por todos. Pero además de esa lectura convencional, centrada en los Estados, ¿porqué no pensar que el proceso de los Balcanes puede estar por su parte en el origen de nuevas formas, más flexibles, de concebir asuntos como la soberanía, la autonomía y el control territorial?
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