La visita del vicepresidente de China a los Estados Unidos la semana anterior, paso previo a su esperado ascenso al primer lugar del liderazgo de su país, puso de presente el verdadero pulso que se libra hoy en la política y el comercio mundial.
Ha llamado la atención la manera casi descortés como fue recibido por parte del vicepresidente Biden, quien le recordó desde los problemas de derechos humanos, pasando por el apoyo velado al régimen Sirio, hasta el robo de propiedad intelectual, sobre el cual se fundamenta bastante del empleo en China.
El Presidente Obama fue más preciso y puso sobre la mesa el asunto de igualdad en las reglas comerciales, una referencia clara a la infravaloración de la moneda China que hace aún más baratos sus productos.
No podía esperarse otro recibimiento en un año electoral en los Estados Unidos y en un momento en que sus ciudadanos comienzan a entender que han perdido muchos empleos que ahora tienen los herederos de Mao.
Todo ello no puede hacernos olvidar que asistimos a una de las más grandes paradojas del siglo anterior, desde cuando el liderazgo norteamericano prefirió crearse una competencia comercial en oriente para debilitar una eventual solidaridad China con la extinta Unión Soviética. Antes de eso el coloso de oriente exportaba apenas libros rojos que servían para la catequesis comunista, o más bien estalinista, con escaso impacto en el mundo occidental. En Latinoamérica tantos esfuerzos solo consiguieron alborotar temporalmente a los fanáticos de sendero luminoso en el Perú y del EPL en Colombia sin que tuviesen mayor trascendencia, más allá de una violencia estéril.
Pero la atracción del coctel elaborado con salarios bajos y las posibilidades de un inmenso mercado, llevaron a las empresas japonesas, norteamericanas y europeas a realizar grandes inversiones en China que han generado una deslocalización de la producción mundial. Allí, se fabrica más barato y cada vez con mejor calidad, aunque no se respeten tanto la propiedad intelectual y el medio ambiente. Las consecuencias están a la vista: las grandes empresas producen ahora en China generando desempleo en el mundo occidental, llegando las cosas a un punto bien difícil: las corporaciones han mejorado sus utilidades pero en sus mercados internos la demanda se ha reducido por falta de capacidad de compra de sus ciudadanos, convirtiéndose en un elemento recesivo.
China se ha convertido en un gran jugador de la política y economía del mundo. La semana anterior, por ejemplo, su visto bueno al ajuste en Europa, uno de sus grandes deudores, sirvió para hacer más liviana la carga de la crisis, quedando en el aire la pregunta de cuál será el límite del endeudamiento del mundo con la ahora gran potencia.
Aparte de las realidades comerciales, positivamente globales, vale la reflexión ideológica para el liderazgo Chino: ¿La revolución se trataba de conseguir empleos precarios para sus ciudadanos a expensas de que otros, en diferentes países del mundo los perdieran, produciéndose una tendencia a la nivelación salarial mundial por lo bajo?, ¿Justifica esa “revolución” el recorte de las libertades individuales?, ¿Puede ser “socio” de un mundo global un país en que el acceso a Internet no es libre?
Las ideas del profesor Mao Tse Tung, y su lucha por una república socialista, quedan al desnudo al confrontarse con el devenir real de su revolución. Si pudiera observar la foto de su vicepresidente y próximo presidente, Xi Jinping, al lado del presidente Obama, pasaría trabajos al diferenciarlos con sus idénticos trajes de tono gris oscuro, sus camisas blancas y sus impecables corbatas azules. Al observar sus rostros en detalle, seguramente pensaría que su contemporáneo Luther King ganó, con el tiempo, una lucha en que perdió su vida. Cosas de la democracia, la misma que ha permitido y propiciado el ascenso Chino en un mundo capitalista del que hace parte importante. Le parecería, este mundo de hoy, un cuento Chino.
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