Opinión |15 Feb 2012 - 8:53 pm

Julián López de Mesa Samudio

Atalaya

Un mundo sin Fabio

Por: Julián López de Mesa Samudio

EL TENDERO DE MARANTÁ SE LLAmaba Fabio y fue en su tienda —por muchos años la única de todo el barrio— donde trabé amistad con algunos de mis actuales amigos; fue en la tienda de Fabio donde aprendí a usar el dinero ya que, de niño, me enviaban allí para comprar el pan para el desayuno; fue en aquella tienda, siempre atiborrada de gente, donde le compré a mi primera novia el primer chocolate que alguna vez regalé.



Buena parte de mis vivencias de comunidad, entonces inconscientes y espontáneas, las tuve en aquel centro del barrio que para mí era un axis mundi. Fabio fue testigo de las primeras historias de mi generación. Él nos vio crecer y fue parte de nuestra niñez.

La solidaridad, el respeto, la confianza, tejen las relaciones humanas más auténticas. Los valores cívicos o ciudadanos se despiertan naturalmente en los barrios. Y los valores sociales, de los que tanto adolecen las grandes urbes, sólo se aprehenden viviendo activamente en comunidad. En el barrio se crean y se solucionan conflictos pero, sobre todo, se aprende a reconocer al otro y a darle un cariz humano. La palabra vecino adquiere allí toda su significación y trascendencia. De la noción de vecino, de la vivencia barrial y de la complejidad de las relaciones cotidianas entre personas que se reconocen mutuamente, surge la idea de comunidad. La tienda irradia la vitalidad entera de esas relaciones, albergando encuentros, rumores, noticias, al igual que soledades, con sus proyectos y renuncias.

Pero la ciudad ha mutado. Poco a poco, los edificios de apartamentos fueron reemplazando a las casas y los barrios se fueron haciendo más y más pequeños. La urbe empezó a hacerse día a día más despersonalizada. La ciudad de hoy es más eficiente pero menos cálida, menos humana. A pesar de todo, la tienda se había resistido a desaparecer. De un tiempo para acá, sin embargo, las grandes cadenas extranjeras de supermercados han decidido penetrar los barrios con las versiones express de sus gargantuescos almacenes. Sin reparar en las previsiones legales frente a la competencia desleal y al abuso de la posición dominante, estas multinacionales han decidido acabar con los escasos refugios de la vida comunitaria que aún subsisten.

A apertura de estos puntos express mina, en el mediano plazo, los lazos comunales de los sectores que los reciben. Allí todo es homogéneo, higienizado, fácil, claro. Los empleados son uniformados por la compañía y son iguales entre sí salvo por, ¡oh ironía!, la escarapela con sus nombres de pila que pretende individualizarlos. Quizás las escarapelas son una estrategia de los gurús del éxito empresarial para que los empleados sientan que son importantes para la empresa. La tienda de barrio no puede competir en estos mismos términos. Allí sigue siendo importante la subjetividad, las diferencias y, si se me permite, la intimidad. Las tiendas de barrio ayudan a que los niños del arrabal crezcan con habilidades sociales que les permiten, en el futuro, considerar un mundo con más opciones, más flexible; quizás un mundo menos eficiente, menos competitivo y productivo, pero infinitamente más humano. Lo que hoy se ahorra comprando “express” y no en la tienda del barrio, se pierde por duplicado e irreversiblemente la generación próxima.

Muchos años después de dejar atrás mi infancia, no la puedo imaginar sin la tienda de Fabio. Cuando decidí formar una familia, quise que también mis hijos tuviesen la oportunidad de experimentar esa vivencia de espacios y caras ciertas. Por eso, vivo en un barrio que hasta hace escasas semanas tenía dos de aquellas tiendas. Hoy, a medio camino entre ellas, un pequeño local –un rincón más del mundo– parece incendiarse de blanco entre sus luces de neón. La encabeza un aviso disuelto en una chillona mancha amarilla con símbolos minimalistas que anuncia el “Éxito” para algunos. El éxito con signo de exclamación sólo para unas multinacionales sin rostro, sin alma.

El nombre del mercado “Express” –podría ser cualquiera, como sucede allá donde las palabras ya no son pensadas para una conversación –evoca la voz de conquista de los forasteros y una distinción anónima para sus compradores. Evoca la religión de la inmediatez y la eficiencia que va desdibujando el mundo secular y que se despreocupa y desprecia todo lo trascendente. El nombre del mercado “Express” anticipa un mundo sin Fabio. Y al alma apenas le va restando el espacio secreto del hogar.

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Opiniones

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javierache

Jue, 02/16/2012 - 17:10
Yo vivo en Neiva; sumando y restando, es fácil llegar a la conclusión de que el Éxito resta más que sumar; arrasa a los productores regionales, a los vendedores PYMES y ahora quiere arrasar con los de la tienda de la esquina. ¿ Qué nos pasa?¿Por qué seguimos comprando allí?
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COLOMBIANOINGENUO

Jue, 02/16/2012 - 14:01
Soy ingenuo, pero desde pequeño se que el pez grande se come al chico y si de por medio existen intereses y corrupcion, pues de malas los pobres!!!..¿cierto?!!!
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elbotita

Mie, 02/15/2012 - 23:14
Su argumento es tan poco representativo, como el fenomeno que critica. Los "Express" son populares en Paris, New York, Copenhagen, entre otras, justamente porque ofrecen todo lo que usted describe. Explicacion?: como ud dice, el sentido de comunidad se ha perdido; pero LA IGUALDAD, LA EQUIDAD social ha avanzado. Por eso es que en Colombia los express no pasaran de ser una modita en selectos barrios de Bogota (e.g. de la 72 hacia el norte, de la autopista norte al oriente). La tienda de barrio seguira siendo una opcion para el 60% de los colombianos: aquellos que viven de empleo informal y que residen en los estratos 1, 2 y 3 -4?-. Como ZARA o MacDonalds: de medio-bajo presupuesto para el individuo promedio del mundo desarrollado, pero muy exclusivo en COL: venden hielo como invencion.

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