El Peak es uno de los pocos rincones del Caribe donde aún se conserva el bosque seco tropical. La vista desde sus 375 metros de altura es privilegiada. / Pablo Correa
Un chubasco refresca la cálida mañana de enero.
Rumbo al suroriente, por la carretera que rodea la isla de Providencia, vemos nuestro verde destino: el Peak. Palillo, para justificar las pocas veces que la ha escalado, dice: “Es una montaña inmensa”. Los tres sentados en la parte trasera de la camioneta, sonreímos. ¿Qué son 375 metros de altura comparados con las descomunales montañas andinas?
Son pocos los turistas que se animan a recorrer los senderos de estos tupidos farallones, uno de los pocos relictos de bosque seco tropical en todo el Caribe. Con un mar de siete colores, la tercera barrera de arrecifes más importante del mundo, y playas paradisiacas, la decisión de caminar “por el monte” cuesta arriba parece una idea insensata.
Pero nosotros guardamos un motivo especial para emprender el camino: conocer el proceso que en 2007 nació de un acuerdo entre organizaciones ambientales (Fondo Patrimonio Natural y Parques Nacionales), líderes comunitarios e instituciones locales (Coralina) para recuperar y conservar el bosque nativo y de paso el agua que nutre a la isla. El Peak, declarado Parque Natural Regional, es una estrella hidrográfica de la que nacen 45 manantiales.
En la falda de la montaña nos aguarda un animado grupo de mujeres y niños que han trabajado por sacar este proyecto adelante. Linety Saams, una morena gruesa y simpática, coordinadora del grupo de trabajo local, da la orden de partir. El barro no tarda en manchar los zapatos. Las lagartijas de color azul y verde corren a esconderse al escuchar las pisadas. Alguna no es tan ágil y ¡click! queda atrapada en una foto.
“Mi meta es que los niños vuelvan al campo”, dice Linety, quien trabaja como profesora de biología, y continúa: “las acciones han sido muchas. La comunidad se ha unido alrededor del Peak para conservarlo”.
Algo se rompió en ese hilo de tiempo que teje la vida de abuelos, hijos y nietos en todas las culturas. Los viejos de esta isla guardan memoria de costumbres que sus descendientes menosprecian. El resultado ha sido una isla que pasó de una economía autosuficiente a depender de barcos que dos veces por semana atracan en el puerto cargados de todo tipo de mercancías. Desde galones de gasolina y neveras, hasta agua embotellada, lechugas amarillentas y tomates de piel arrugada. En Providencia tan sólo se aprovecha el 3% de las tierras cultivables.
Por eso, para Linety es importante el éxito de Mosaico de Conservación The Peak, como se conoce técnicamente el proyecto. Porque para volver al campo es necesario rescatar primero el agua, redescubrir especies nativas, crear viveros, preguntarles a los abuelos cómo era la vida antes, “volver a descubrir lo que ya teníamos”.
El Peak, que no creíamos tan alto, comienza a dejarnos sin aire. En uno de los recodos del camino, como un fantasma, aparece Orbys Archiboldth Bush McClean. Nieto de chamán, músico de reggae y enamorado de esta montaña, es el guardián de uno de los tres viveros de especies nativas que se establecieron en la zona.
¿Cuál es esa planta Orbys? “Cotton tree”. ¿Y esa? “Ironwood”. ¿Y esa? “Una ceiba”. Más de 1.400 plántulas han nacido bajo la mirada risueña de Orbys en este vivero. Treinta especies nativas distintas. La vieja Providencia está volviendo a florecer.
Mónica Orjuela, asesora técnica del programa, dice que con las plantas nativas se están reforestando áreas degradadas por el ganado. Sembradas a lado y lado del camino sirven de cerca natural y en las márgenes de los manantiales los protegen de las pisadas de vacas. De los otros dos viveros creados por el programa han salido frutales para enriquecer las huertas y fincas locales; también plantas medicinales.
“Los parques naturales no deben ser islas, deben ser ejes de desarrollo”, dice Mónica. El sudor copioso y las caras rojas nos convencen de que el Peak sí es “una inmensa montaña”.
Este y otros mosaicos nacieron bajo la premisa de convertir a las comunidades que viven aledañas a un parque natural en sus escuderas. Aquí, los arroyos que bajan del Peak no sólo alimentan el intermitente acueducto local; de su vitalidad depende también otro tesoro de la isla: el Parque Nacional Natural Old Providence McBean Lagoon. Si el Peak está sano lo estarán los manglares, los pastos marinos, el arrecife coralino.
Marcela Cano, directora del parque, dirá más tarde que gracias a este trabajo “ahora Parques no es visto por la comunidad sólo como una institución que protege la naturaleza sino que los ayuda en los proyectos que quieren llevar adelante”.
El calor arrecia y la humedad estrangula un poco más los cuerpos. Pero la recompensa del esfuerzo está a pocos pasos. Tras las hojas de unas palmeras, se esconde la más hermosa postal del Caribe. Caminamos por las cornisas de estos farallones y desde allí somos dueños de la isla entera: una paleta de verdes y azules para los que las palabras resultan cajones estrechos.
“La gente y los turistas se quedan en el casco urbano, en las playas, pero la belleza está por dentro”, dice Luz Marina Livingston, a quien nunca se le cansan los ojos de repasar este paisaje. Aquí viene a librarse de los pensamientos y emociones que pesan más de la cuenta.
Si las cosas salen como dice el cronograma, ahora que el manantial Provision Ground está renaciendo con el vigor de antes,se podrá construir una fuente de agua comunitaria en medio de Casa Baja. Como en la época colonial, las 276 familias que viven alrededor podrán llevar baldes y cantinas para abastecerse. Cuando el acueducto vuelva a fallar, cuando los tanques negros de plástico que estorban en cada casa de la isla estén vacíos, cuando las cisternas construidas en las viviendas se averíen, entonces estará la tranquilidad de que a pocos pasos fluye Provision Ground.
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Pablo Correa / Providencia | Elespectador.com
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