Opinión |19 Feb 2012 - 11:00 pm
Usos indebidos
Por: Roberto Esguerra Gutiérrez
Hace unos días, en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York, a los viajeros que esperaban para abordar el vuelo con destino a Bogotá les llamó la atención que quince personas en silla de ruedas estaban esperando el llamado para ingresar al avión.
El contraste era muy evidente con los demás mostradores de la sala, en donde se estaban embarcando o esperaban pasajeros con destino a diferentes lugares del mundo, porque en ningún otro vuelo había más de dos o tres pasajeros en esas condiciones.
Como es natural, quienes iban en las sillas recibieron del aeropuerto atención especial, que les dio prioridad en la larga fila para la molesta inspección de seguridad, y fueron los primeros en abordar el avión. Al llegar a Bogotá el número disminuyó considerablemente, probablemente debido a que nuestro aeropuerto no tiene un número tan alto de sillas disponibles para cada vuelo. Aquellos que continuaron en las sillas ingresaron por la fila prioritaria para los trámites de inmigración, lo que les permitió salir rápidamente a la zona donde se reclama el equipaje y fue allí donde ocurrió el milagro: solamente unos pocos (tres o cuatro) continuaron en silla de ruedas; los demás las abandonaron para esperar sus maletas y salir de las instalaciones del aeropuerto sin limitación aparente.
Averiguando un poco más he sabido que esta práctica se ha vuelto bastante común entre nuestros compatriotas, con el fin de evitar largas filas y obtener atención prioritaria más personalizada, beneficio que por lo general se extiende a uno o dos de sus acompañantes. Este tratamiento es el que merecen las personas que están afectadas por limitaciones físicas y de esa manera es que debe reaccionar la sociedad para facilitarles la vida, pero de ninguna manera debe usarse para lograr un trato preferencial para quienes no tienen limitaciones.
Algo similar es lo que ocurre con los carros que portan la señal internacional de discapacidad en la ciudad de Bogotá. Una buena proporción de quienes los conducen no tiene discapacidad o limitación física aparente, muchas personas descienden de sus vehículos con agilidad y rapidez y, si se tiene la curiosidad de examinar los vehículos, son muy pocos los que poseen las adaptaciones que requiere la mayoría de los discapacitados para conducir.
Aquí la razón es parecida, pues portar el signo de discapacidad libera al vehículo de la restricción de pico y placa. Eso es lo que aprovechan muchos avispados, que se hacen pasar por discapacitados mediante el empleo del símbolo internacional, lo que hace unos meses llevó a que se agotara la existencia de éstos en la ciudad. Ante la situación, desde el año pasado las autoridades establecieron un procedimiento para inscribir el vehículo de quienes están en el ‘Registro para localización y caracterización de personas con discapacidad’, pero la evidencia de todos los días indica que este control no es suficiente y constituye un trámite adicional para quienes realmente lo requieren.
La discapacidad en Colombia es un tema serio, entre 6 y 7% de nuestra población tiene algún tipo de discapacidad; 43,9% física, 43,4% visual y 17,3% auditiva. La Fundación Saldarriaga Concha, que realiza una formidable labor en favor de las personas discapacitadas, tituló su informe sobre accesibilidad ‘Las limitaciones no están en las personas’, para hacer énfasis en que la accesibilidad física constituye la principal barrera para la participación social de las personas con limitaciones.
La sociedad colombiana tiene mucho por hacer para facilitar a los discapacitados el acceso y la integración. Comencemos por respetar sus derechos y por no hacer uso indebido de las pocas cosas que les ofrecemos.
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