Opinión |19 Feb 2012 - 11:00 pm
Historia de una pelota de golf
Por: Lorenzo Madrigal
Me llegó de presidencia (de presidencia de El Espectador y, según entiendo, de Presidencia de la República) un cajón de regular factura, en el cual se hallaba una inmensa pelota de golf. La misión era decorarla para someterla luego a subasta, en beneficio de las víctimas de todos los inviernos que hasta la fecha han sido.
Buena la intención. Menudo el lío, porque la pelota de golf es como una de letras, llena de turupes, esto es, ofrece una superficie corrugada, que, en versión magnificada, es corrugada en profundidad. Un ingenioso colaborador de taller me sugirió aplicarle un dibujo —decidí que fuera uno de Camilo Villegas— y autografiarlo, combinación nada fácil, que resultó afortunada.
Camilo Villegas es tema gráfico, pues aunque no soy aficionado al golf ni a deporte alguno, sus acrobacias de hombre araña, como si fuera visto a ras de ventana, escalando un edificio, me tentaron a dibujos igualmente riesgosos.
Ocurrió la subasta el miércoles pasado dentro de no sé qué torneo Rubiales-Bogotá-Rubiales y, oh sorpresa, ha sido rematada nuestra bola para Colombia Humanitaria en cien millones de pesos (repitan con Pacheco: cien millones de pesos). Me sentí millonario, pero no, el dinero no era mío; me creí Bill Gates obsequiando tal suma, para mis limitaciones, grandísima, pero tampoco: el que donaba era el generoso pujador de la subasta, el que remató la pieza.
Fue de todos modos sorprendente que aquel artefacto insípido que iluminamos con la figura de Camilo y con mi inmodesta firma, aquella pelota que trasteamos en una caja desvencijada, se hubiera transformado por magia de ese deporte de presidentes y por efecto de la voz de doña Tutina, primera dama de la Nación (“¿quién da más?”, preguntó entre varias personas, pues no era subasta de canales), no sé cómo se transformó, digo, en jugosa alcancía para damnificados, que espero sea rota para su beneficio real.
Feliz quedé de la pelota de golf y vine a enterarme del suceso por un colega muy conocido, invitado a la ceremonia del Country, a la que no fueron invitados todos los artistas que convocaron. No voy a clubes, no juego al golf, los deportes me parecen casi todos nocivos para la salud (la suerte de Ayrton Senna o la de Niki Lauda, la de Manolete y Paquirri y la de los toros no indultados; la rodilla de Ronaldo, los ciclistas destrozados, los árbitros violados, los boxeadores con párkinson, los basquetbolistas tipo Undangarín, caídos en desgracia, en fin, podría alargarme).
Para rematar, quedó un autógrafo de Clinton, puesto con dificultad sobre la pelota de turupes y cerca de mi propia firma, lo cual me incluyó en una especie de Lista Clinton, o quizás fue el expresidente norteamericano quien entró a mi listado de amigos, que son pocos y de claros antecedentes. El cuento era, pues, de bola a bola.
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