Decía con cierto humor un economista muy famoso que en el largo plazo todo estamos muertos; y otro personaje comentaba con sorna que uno dura más de muerto que de vivo.
Y es evidente que el tema de la muerte parece de mal gusto, sobre todo en una sociedad que aspiraría poder comprar la vida y la salud con una tarjeta de crédito dorada. Por eso procrastinamos lo que es fundamental. En otras sociedades, por ejemplo en la India, el ciclo de la vida incluye sin ambages a la muerte, que está presente en los pensamientos y actitudes cotidianas y modifica de manera sabia la perspectiva de la vida y, por añadidura, las relaciones con los otros.
Al pasarnos los años, lo natural es que la muerte amplíe su protagonismo. Si la visión que tenemos de la muerte fuera adecuada, sería factible pensar en agradecer y apreciar la vida a cada instante, sin las innecesarias connotaciones pesimistas en donde negación y miedo paralizan el alma. Y para vivir bien importa poco si creemos en la reencarnación que proponen las religiones orientales o en la resurrección de los muertos de los dogmas cristianos. En realidad no sabemos qué es ese “más allá”. Pero nos permiten conocer lo que es la vida y saber de antemano que podemos y debemos prepararnos.
Entre las muchas leyes para la buena muerte hay una que parece básica y cuyas virtudes a la hora de morir en paz son encomiadas, así como también se advierten las consecuencias de no cumplirla a cabalidad: no tener pendientes. Esta verdad, que es tan evidente que ya suena necio repetirla, la conocen los hombres y mujeres desde el comienzo mismo de los tiempos, y la constata todo tanatólogo, los que cuidan enfermos terminales y los parientes de los moribundos. Cuando quedan pendientes, las agonías se prolongan de manera horrenda, la muerte no se aviene a segar de una vez el hilo último y, sobre todo, no hay paz en ese tránsito. Y sin embargo esperamos a tener la soga al cuello para tratar de decir los “te quiero” que nunca pronunciamos, para reconocer los errores que necesariamente cometimos, para arreglar los asuntos que escondimos, cuando ya puede ser infortunadamente tarde.
Y para los que quedan no hay tesoro más excelso que ver las cosas saneadas de antemano. Pocas cosas son tan fundamentales en el paso por el mundo como la satisfacción de haber hecho lo mejor por alguien que se va, la libertad que se siente cuando la relación con los padres difuntos queda limpia, el ejemplo perdurable y edificante cuando asistimos a la muerte de un allegado que se puede despedir consciente y con sonrisa.
Si nos parece que la muerte es un misterio, la vida desde luego no lo es menos, pues son inseparables y maestras mutuas la una de la otra. Educarnos para tener en cuenta el destino terrenal del ser humano es una tarea que incrementa la conciencia del presente y su disfrute, ahorra vanidades y sitúa al espíritu en la justa perspectiva.
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